EL AVION QUE CAYÓ EN EL PATIO DE MI CASA

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El patio de mi casa era mas grande que mi propia casa. A veces lo podía comparar con un estadio de fútbol y aun así sentir que mi patio era más espacioso. Cuando abría la puerta de hierro que  separaba a el patio de la casa, me encontraba con un sendero de piedras que me invitaba a llegar al kiosco que estaba junto a la piscina. Era un cuadrado de ladrillos, cubierto de ixoras rojas, una flor en forma de hélice de helicóptero que seducía siempre a los picaflores con el jugo dulce de sus palitos. El techo del kiosco estaba cubierto por hojas de palma en forma de cono circular y era ahí mi refugio para soñar, acompañada de los nidos de los pajaritos construidos en el techo y que al traer la pajita para nuevos nidos, se traían semillas de otros árboles. En un rincón del refugio de mis sueños se hallaba una mata de algodón que ya siendo ella muy grande, una experta araña le robaba el algodón para que su red quedara acolchada y suave y así cayeran en su trampa más gusanos, hormiguitas y mariposas.

Hoy mientras  soñaba, vino el avión que todos los días pasaba rozando el techo del kiosco haciendo agitar con fuerza sus hojas. Pero esta vez no pudo seguir su vuelo debido al enredo que tuvieron sus hélices con la red de algodón de la araña. Así que les toco a todos mis amigos (imaginarios) que siempre me decían adiós por la ventana, bajar.

Abrieron la puerta y se de deslizo de repente una escalera de 5 escalones de color amarillo y negro. El primero en aparecer fue el capitán con gorro azul cielo y detrás de el salió la azafata vestida con una falda café, mas oscura que sus ojos.

El capitan se volteo y le dijo:

No podemos hacer nada, las hélices están atascadas en una telaraña – como cualquier abeja.

Anita la azafata responde:

-Yo traigo la aspiradora que tenemos en el avión para limpiarlo.

-No Ana, los hilos de las telarañas son tan fuertes como el acero – contestó el Capitán mientras intentaba coger con fuerza un pedazo de hilo para demostrar que era imposible romperlo.

En la puerta se asomó un pasajero que les dice que con unos palos fuertes y enrollando todo el hilo de la telaraña seria suficiente para salir.  Ana en su cabeza pensaba que podía ser una buena idea y empezó a buscar la herramienta que los podría liberar de esa red suave y miedosa a la vez.

En ese momento, sonó un ruido ensordecedor como si dos puertas de hierro se golpearan. Que hicieron que me despertara, mientras mi mamá con gritos me buscaba para poder cerrar la puerta de hierro del patio antes del anochecer. Pero preocupada yo por saber el final de la historia, decidí seguir soñando.

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