Primer capítulo de: Sangre Oculta

Escribo para no olvidar, para que mucha gente que vive en otro tipo de trabajo

valore el sacrificio de tantas personas que durante 24 horas todos los días,

todas las noches de enero a diciembre dejan entre esas paredes la mitad de la

vida.

Si el eco de los años pudiera escucharse en los pasillos del Hospital

Erasmo Meoz, se oiría un gemido de dolor humano físico y espiritual, y

muchas veces de impotencia por no tener al alcance los recursos y los equipos

que se requieren para salvar más vidas.

Pero también se escucharían las risas con las que celebramos situaciones

cómicas y extraordinarias.

Voy a contar algunas de las experiencias durante los 20 años de mi vida

como bacterióloga en este lugar, que, aunque es de tercer nivel siempre ha

funcionado como un hospital de guerra.

A un hospital sólo van los que no tienen otra alternativa; es el único sitio

donde bajo el mismo techo usted funciona de hecho una verdadera mesa de

paz; en urgencias de un hospital puede estar el guerrillero, el paramilitar, el

soldado, la monjita, una prostituta, un sacerdote y todos en las mismas

condiciones que da la miseria humana. Eso sí, no va a encontrar un político,

esos no van allá. Los políticos se atienden en clínicas privadas.

El hospital inicialmente pagaba con  cheque la nómina,  el día de pago el

banco mandaba un cajero para cambiarlos. La transportadora del dinero

llevaba unos bultos con la plata en efectivo. Casi todos los paramédicos,

enfermeras auxiliares de enfermería instrumentadoras, terapistas, bacteriólogas

auxiliares de bacteriólogas, y el personal de aseo y cocina, éramos los que más

usábamos esos servicios.  Generalmente los médicos  lo consignaban.

Cuando corría la voz de que iban a pagar todo el mundo se apresuraba a la

caja principal del hospital, que está situada en la entrada  principal, a hacer la

cola para ganar un buen puesto pues más o menos éramos unos trescientos que

queríamos cambiar los cheques.

Los ladrones también llegaban.  Un fin de mes, mientras hacíamos la fila,

logramos los primeros tres puestos una auxiliar del laboratorio (una de las más

antiguas), luego seguía otra bacterióloga y finalmente yo. De pronto llegó un

uniformado con sus revólveres a la cintura y muy bravo decía: “hagan en

orden la cola de lo contrario  no empezamos a pagar’’.

Mi amiga,  que estaba de segunda, trató de tomarle el pelo diciéndole

“como ordene mi capitán’’,  pero el hombre no soltaba ni una risa. El carro de

valores descargo el dinero en la improvisada oficina y el cajero empezó su

labora. Cuando la  amiga que estaba en el primer puesto de la fila, pasó su

cheque por la pequeña hendija de la ventanilla, oh sorpresa, se nos manda

encima el supuesto guardia y con la cacha de la pistola rompe el vidrio y en

segundos encañona al cajero. En ese instante aparece otro que coge  los bultos

y, como en una película de vaqueros, salen encañonando al portero  y huyen

con toda la plata.

Yo no había visto correr a tanta gente. Salí volada y llegue a esconderme

debajo de la cama, que usamos para descansar cuando se puede, mientras el

tipo disparaba el arma en el pasillo central del hospital, para que nadie lo

persiguiera.

Un día de trabajo normal en el laboratorio comienza con alistar unas

canastas donde se han puesto las diferentes órdenes de exámenes de los pisos

que nos toca sangrar. En el tercero queda pediatría, en el cuarto geriatría, el

quinto maternidad, sexto neurología, séptimo medicina interna octavo y

noveno cirugía. El décimo es de los que pagan.

Nunca me gusto ir a tomar las muestras a pediatría  me dolía más a mi sangrar

a esos niños desnutridos, quemados o con cáncer. Cuando el hospital abrió en

1987 no dejaban que las mamás o acompañantes pasaran la noche con los

niños, ahora sí se les permite. Les pusieron unas sillas al lado de las camas. El

cuarto de los niños con leucemia es de tres camas. No pude contener las

lágrimas ayer cuando me toco ir a sangrar a uno de esos niños. Eran las 7 de la

mañana. La mamá sentada en la silla con  la franela blanca que tenia de blusa

con manchones de sangre, los ojos llenos de lágrimas en silencio y se unía  en

una sola mirada con el hijo de unos seis  o siete años  que le brotaba sangre de

las encías  y casi agonizante no quitaba los ojos de la mirada de su mamá. Era

como un puente de ida y venida, estaban unidos pegados sin tocarse esperando

la muerte como único remedio. En este piso en unos de sus ventanales que da

hacia la calle apareció la imagen de la Virgen cargando en sus brazos a un

bebé. Ahí está para decirnos que espera, cargando y ayudando a todos estos

angelitos.

El trabajo del laboratorio se divide en sesiones: la de hematología, donde se

procesan los cuadros hemáticos y coagulación. Ahí se  trabaja con sangre anti

coagulada, la de química  se trabaja con el suero que se separa de la sangre

coagulada, inmunología (mi preferida).  También se analizan sueros, y existe

una sección de microbiología donde se procesan todas las secreciones del

cuerpo humano, sano o casi siempre enfermo, tales como orina, materias

fecales, esputos, pus, escamas de piel etc. La sesión de orinas y materias

fecales son las más odiadas por mí. No sé si fui siempre tan escrupulosa o esta

carrera me volvió así.

La escena que voy a describir puede resultar repugnante para muchos, pero

creo que les da una idea de los sacrificios que conlleva esta profesión, y

especialmente su carácter humanitario.  La pestilencia incontrolable del cuarto

de las secreciones es el producto de que aquí se guardan,  casi siempre en

botellas de gaseosa de dos litros,  las muestras de orina recogida en las últimas

24 horas y  las cajitas de materia fecal abiertas. Se agrega al hedor los gases

que despiden unas ollas, parecidas a las ollas de presión de cocinar, donde se

destruyen todos los cultivos llenos de estafilococos, estreptococos,

salmonellas, Pseudomonas y demás bichitos.

Por trabajar con todo esto es que siempre pensé que una bacterióloga debería

tener una remuneración mejor; además que estamos expuestas a contraer sida

o hepatitis con una sola gótica infectada que entre en contacto con la piel

herida o en el ojo, pero es imposible pelear por un salario mejor; hay más

bacteriólogas que bacterias. Si hoy nos quieren despedir a 20 al otro día habrá

50 esperando el puesto y por menos sueldo.

Claro que también nuestro mejor perfume, Chanel, del laboratorio es

el alcohol de 90 grados que casi siempre utilizo en una torunda, y el

maravilloso hipoclorito que con su olor característico es imprescindible para

desinfectar. Pero en medio de estos pestilente residuos de la maravillosa

condición humana, las bacteriólogas somos espectadoras diarias de un show

microscópico asombroso como es el de un extendido de sangre periférica

(sobre una lámina de vidrio se coloca una gota de sangre que se extiende con

otra se seca y se colorea con uno o tres reactivos); un plasmodio en forma de

anillo, o de banano dentro de un glóbulo rojo; un gusano dando vueltas que

uno cree se le va a meter por los ojos o un trofozoito de amiba tragándose un

glóbulo rojo con su vaivén característico miles de cocos en forma de cadena, o

de racimo microbios tan chiquitos que no podemos sino verlos a través del

microscopio con aumento de 40x o 100x y que pueden acabar con ese ser

humano tan grande y tan perfecto.

ventana

Las ventanas o espacios abiertos del piso 12 del hospital se convirtieron en la

salida de emergencia de pacientes que no veían otra opción en esta vida que

lanzarse desde ahí. No sé cuántos van pero el caso más impresionante fue una

niña de 16 o 17 años embarazada que ingresó un miércoles al  hospital por una

infección urinaria, le dieron la salida el viernes, y la mala noticia de que la

cuenta eran 20.000 pesos. Como nadie fue por ella, la trabajadora social le dijo

que le tocaría quedarse el fin de semana y que la cuenta subiría.

En ese momento en la novela de moda la protagonista se volaba desde un

segundo piso de la casa, amarrando tres o cuatro sabanas por las puntas. Esta

joven, que se encontraba en el piso quinto,  aprovechando que no había

muchas pacientes alrededor copió el método de la telenovela empatando las

sabanas de cuatro camas y se lanzó para eludir el pago con tal mala suerte que

las sábanas se soltaron. La muchacha que cayó boca abajo, quedó con vida

durante cuatro días en la unidad de cuidados intensivos hasta que murió con su

bebé en la barriga.

A través de la consulta externa del laboratorio llegan siempre los pacientes

que necesitan los exámenes de rutina.  Un día de esos me tocó sangrar a un

bebe de unos dos años que llevaba una madre sustituta del bienestar familiar,

señoras que por un sueldo cuidan a niños abandonados o que le han retirado a

los padres por maltrato. Este bebe tenía las piernas y los pies quemados.

Cuando le pregunté a la mamá que  había pasado me contó que como el niño

no hablaba, a la mamá le dijeron que metiéndolo entre agua hirviendo el

“soltaba la lengua.”

Cuando no es la ignorancia es la miseria. Otro día llevaron a un bebe de unos

ocho meses sin piernas. Vivía en una vereda. Cuando le pregunté a la mamá

qué había ocurrido, me contaron que ella tenía que salir a trabajar dejó al niño,

como era usual, al cuidado de la hermana mayor de unos 10 años. Mientras la

niña le daba el tetero junto corral de los cerdos del rancho, el cerdo

hambriento metió el  hocico y se le comió las piernas.

“En las que me vi, para quitárselo”, me dijo la hermana.

Muchas veces al entrar a turno por la noche lo hacía por el pabellón de

urgencias. Una noche de esas oía gritar a una persona y al preguntar qué

Pasaba  una de las enfermeras me dijo que una muchacha de unos 19 años con

quemaduras casi en el 90% del cuerpo, la habían traído  de Puerto Santander,

una población cercana a Cúcuta. Vivía  en un rancho con el marido de unos 20

años. El  trabajo del marido era el transporte en planchón  o canoa con un

motor a gasolina a través del rio de víveres o personas, El motor se dañó y él

decidió arreglarlo. Ella prendió una vela para alumbrarle y con la gasolina que

había regada se prendió. Lo único que no tenía quemado era el iris del ojo. Era

lo único blanco que se veía en su rostro.  Estuvo ocho días agonizando hasta

que se la comió la pseudomona. En ese momento no había antibióticos de esos

que valen más que el rancho de ellos.

Inicialmente éramos 18 bacteriólogas mujeres trabajando, más o menos

unas tres o cuatro por sesión. Mientras se está trabajando muchas veces se

puede ir hablando, los temas dependen,  la moda, la última noticia, la receta de

cocina, el chisme, etc.

Yamile una mujer alta de piernas largas con el tobillo grueso, mona y pelo

muy liso, unos ojos azules muy claros, y casi siempre se vestía con falda y

medias veladas, caminaba de una forma especial igual que como hablaba de

forma lenta, pausada sin afán, y al sonreír espichaba los ojos. Tenía la letra

más linda del laboratorio y al registrar en la hoja de trabajo era tan pulcra que

si no ponía su firma ya se reconocía de quien era. Un día le dijo a Marisa

cogiendo como abanico la carpeta de trabajo “Mari, cuando nos muramos y

vean estas carpetas se acordaran de nosotros” y si,  se fue de primera,

murió hace 5 o 6 años, trabajaba 4 horas en el hospital en la mañana y 4 horas

por la tarde. Manejaba el programa de rabia en el hospital antiguo. Tenía un

auxiliar de toda la vida que le informaba  o le dejaba razón en la casa de

cuantas cabezas de perro tenia para procesar en la tarde. Un día llegó Yamile

al apartamento y encontró las maletas de la nueva muchacha de servicio que le

había llegado y la muchacha esperándola  afuera.

-¿Y eso que paso?-  le pregunta.

-No señora yo no trabajo más, a mí me da mucho miedo con el trabajo que

usted hace, ahí llamo un señor a decir que para esta tarde tenía cinco cabezas

listas, yo, yo mejor me voy’’

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