La magia de volar

Hace muchos años viajar en avión era todo un suceso. El vestido para viajar era elegante, las maletas grandes y pesadas llevaban mucha ropa para pasar temporadas largas, se usaba un neceser de mano para llevar las cremas y el maquillaje y los diseñadores se dieron gusto de crear muchos modelos para esta experiencia.

La noche anterior no se dormía tranquilamente esperando la hora del vuelo y siempre acompañaban al pasajero toda la familia como en un ritual de despedidas.

 Los aeropuertos no tenían pasillos cubiertos hasta el avión y los pasajeros en el último escalón de la escalera que los subía a la aeronave volteaban a mandar besos y mover sus manos con un adiós.

El tiempo de vuelo era más largo y las elegantes azafatas solían repartir generalmente unos emparedados o sanduches que eran tan buenos que muchos pedían repetir.

Hoy todo cambió, volar entro en la rutina diaria de las personas, en la mañana se pueden atravesar miles de kilómetros y al medio día desandarlos. Pasar del día a la noche, del frío al calor, del sur al norte de oriente a occidente del francés al mandarín o al inglés. La tierra parece una célula en división donde los cromosomas en este caso los aviones migran de polo a polo.

Hoy agradezco a todas las aerolíneas que lograron que la gente conociera el mundo no en una pantalla de televisión, trastearnos de un lado al otro,  como en un juego de damas chinas, los de aquí se fueron para allá y los de allá terminaron acá, convirtiendo el mundo en una mezcla de genes y razas revueltos entre países. 

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